
La luz amarilla de siempre iluminaba su Biblia de hojas amarillentas, su hija perdida en su mundo tecleaba rápidamente en la computadora, en la radio sonó una canción que la transportó al pasado y de repente su corazón se llenó se tristeza. Se vio a si misma una vez más sentada sobre la pequeña silla de paja en el fondo de la habitación, donde el humo del cigarro iba de un lado a otro como si fuera un alma perdida, el cenicero lleno de colillas y de cenizas y el pequeño foco amarillo que iluminaba la cabeza de su padre, las hojas en blanco sobre la mesa, los bocetos y los lápices tarjados, la caja de madera con toda variedad de colores, el borrador de papa, la música que salía de la enorme radiola. Él dibujaba concentrado sobre las hojas nuevas, borraba con fuerza, fumaba cigarro tras cigarro, miraba fijamente el dibujo, “no carajo así no va”, tiraba el papel por el aire. La pequeña silla de paja sonaba mientras ella movía sus piesesitos, sus ojos jalados miraban con admiración a ese viejo serio y de cabellos blancos, sus manitos ansiosas por tocarlo sudaban, su boca ansiosa por besarlo temblaba. Su vestido raído y recién lavado se movía por el viento que entraba por la ventana, su cuerpecito se estremecía de frío y esperaba que aquel viejo de mirada dura y ojos penetrantes la mirara y se enterara de su pequeña existencia, “no, no, no puta madre así no es” dando un fuerte golpe sobre la mesa con los puños, hizo caer uno de sus mejores lápices de dibujo, presurosa la pequeña se levantó de su silla y corrió a recoger el lápiz, “toma papá”……….. “¿qué haces acá ah?, dijo el viejo con el cigarro en la boca, “no te he dicho que no me gusta que me molesten cuando trabajo?, dame el lápiz que le vas a malograr la punta y lárgate que te he dicho que incomodas”……….. “¡Eugenia, llévate a tu hija!”. Unas pantuflas sonaban fuerte sobre el piso, unos, dos, tres, cada vez más fuerte, “carajo muchachita de mierda” le decía la madre mientras la jalaba del cabello, “no molestes a tu padre, sal de una vez”. Un fuerte viento tiró la puerta mientras la niña era sacada a tirones de la habitación, su madre la dejó tirada en el piso y mientras lloraba decía con voz entrecortada “yo sólo quería un abrazo, sólo un abrazo”. De inmediato la canción de la radio dejó de sonar y su cuerpo regresó al presente, su Biblia de hojas amarillentas se mojó de gruesas lágrimas y su cuerpo, ahora de mujer, aún esperaba el abrazo de ese viejo de mirada dura y penetrante, enjuagándose las lágrimas y volviendo de a pocos al presente volvió a escuchar el fuerte tecleado de su hija y una nueva canción que empezaba a sonar por la radio, dio un fuerte suspiro y dijo con voz muy bajita “yo sólo quería un abrazo, sólo un abrazo”.